lunes, 23 de diciembre de 2013


El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (VII/8).
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 

Como empezó a haber diferencias sociales, los que más tenían guardaban sus propiedades en cestas de mimbre que se ataban al brazo al dormir para que no se las quitaran. Si pillaban a un ladrón se le ataba a un poste y se le podían dar bofetadas. El preso estaba atado sobre una piedra, uno se la quitó y acabó ahorcado. Los que tenían dinero contrataban a alguien para que les hiciera los servicios obligatorios que a cada compañía le correspondía de vez en cuando para cavar fosas, enterrar muertos u otras tareas.

 

 

  
En una ocasión, en que unos quisieron atacar la barca de la comida que estaba sin vigilancia, los propios compañeros les tiraron piedras pues suponía quedarse un tiempo sin suministros como castigo, como ya había ocurrido.

 




Había franceses, alemanes, italianos, polacos, suizos y españoles, pues también algunos estaban encuadrados en las tropas francesas como ocurría con los denominados regimientos josefinos. No olvidemos que era el gobierno legal tras la abdicación de Carlos IV y Fernando VII en José I y una parte de la población –los denominados afrancesados– le fueron fieles.

Al tercer año les llevaron un gobernador llamado Baltasar. Decían que ya tenían al cura y a un oficial que había llegado pues no cesaba de llegar gente nueva, en grupos de 20, 30 o 100. En una ocasión arribaron de una vez 1.500 nuevos prisioneros de Alicante –1.200 según otro y 1.800 según el cabo–. A los seis meses sólo quedaban la mitad de los de Alicante. El abad afirma que de la compañía de su padre, de los 140 hombres iniciales, sólo sobrevivieron cuatro..

En 1813 se cultivaba repollo, patatas y tabaco. Sembraban en noviembre y recogían en mayo pues en verano hacia mucha calor y sequía como para que creciera algo. De nabos y lechugas lograban cuatro cosechas. El cura sembró patatas pero por la noche se comieron los trozos sembrados. También hacían crecer cáñamo que hilaban y tejían.

Sebastien acabó de criado de un teniente suizo de los que llegaron posteriormente porque su anterior sirviente, un marino, fue liberado en julio de 1813 en un intercambio de hombres de mar. A mediados de noviembre de 1813, llevaron al hospital de Ibiza al oficial y él le acompañó. Allí vivió muy bien. En marzo de 1814 liberaron a alemanes e italianos y le dijeron que se hiciera pasar por alemán pero se negó pues trabajaba para un ibicenco que le trataba bien y estaba contento. El tres de mayo de 1814 llegó un barco para llevarse a los franceses. En Francia le tuvieron en cuarentena hasta el cuatro de junio y al terminar le dieron 40 francos de indemnización.

 
El 16 de mayo de 1814 llegó a Cabrera un barco francés con la bandera de los Borbones, el capitán les dijo que Napoleón había sido vencido y que les iban a rescatar. El 29 de mayo embarcaron a 1.986 prisioneros y ocho días después a 1.300, lo que hace un total de 3.286, que fueron trasladados a Marsella. A ellos habría que añadir los que se enrolaron en el ejército español, los que fueron intercambiados y los que huyeron. El 27 de agosto el prefecto marítimo de Toulon comunicó que, según sus censos, habían llevado a la isla a unos 14.000 prisioneros y habían sobrevivido 4.000. El cabo, por su parte, calcula que en total llevaron a Cabrera 19.000 hombres y sacaron 3.500. Grandmaison afirma que sobrevivieron 4.000 de los 15.000 que internaron. Según Denis Smith, autor de The prisoners of Cabrera, llevaron a un total de 11.800 de los cuales 800 oficiales fueron trasladados a Gran Bretaña, 600 soldados se unieron al ejército español y 100 escaparon. En 1814 regresaron a Francia 3.389. Como vemos, las cantidades difieren mucho. La cifra más baja de internados es de 11.800 y la más alta de 19.000. La más baja de supervivientes, 3.286 y la más elevada de 4.000. Las cifras más moderadas serían 4.000 supervivientes sobre 11.800 internados.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 14 de septiembre de 2013


Más acontecimientos interplanetarios:


El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (6/8).
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 

Un informe francés del 29 de mayo de 1810 dice que había 4.500 hombres en Cabrera. Seguían llevándoles la misma cantidad de comida por lo que algunas compañías salían beneficiadas y las que tenían más gente protestaban. Las quejas llegaron a oídos de los españoles y enviaron un inspector para hacer un censo. Al principio le engañaron pasando varias veces  por el control. Una vez incluso aumentó el número y pusieron soldados para supervisar a los que pasaban el control. Dice que casi estuvieron un año comiendo lo de los muertos.

 


                                           Bahía, castillo y Palais Royal

 
El 27 de julio de 1810 todos los oficiales y suboficiales fueron enviados a Portsmouth. También se fueron los cirujanos, los ayudantes y el farmacéutico por lo que quedaron más desprovistos aún. Aprovecharon la ocasión para llevarse a las 15 mujeres –21 según Denis Smith– que habían llegado con los primeros contingentes. Los maridos o amantes las alquilaban por cinco o 10 francos, o las sorteaban en una especie de lotería, también las vendían. Los soldados ocuparon las casas de los oficiales que estos les habían obligado a construir y eran mejores que sus cabañas. En la caseta de Sebastien admitieron a dos franceses y dos alemanes que llegaron posteriormente. Uno de estos murió enseguida de depresión. Muchos se suicidaban tirándose de los acantilados. Como decían: el aburrimiento producía descorazonamiento y éste mataba rápido.

 
En una ocasión un barco inglés les llevó camisas, pantalones y jerseys, la única vez que recibieron ropa en todo el cautiverio y no llegó para todos. En septiembre de 1810 pasaron de nuevo ocho días sin recibir nada. La isla de Conejera se encontraba cerca y a partir de 1811 un buen nadador iba de vez en cuando a coger conejos que eran muy abundantes. Los mataba a bastonazos o los cazaba con la mano.

 

 
                                                Carta marina de Cabrera y Conejera
 

Nombraron a unos enfermeros para cuidar de los enfermos a cambio de doble ración. A estos les daban carne fresca, pan blanco y vino. Comenzaron quemando los cadáveres pero no ardían bien y les dejaron picos y palas para cavar fosas. Como enseguida había piedra eran poco profundas y se desenterraban con las tormentas.

En 1811 les dieron un hacha para cada regimiento, así como picos y layas para cultivar. Fueron abriendo cantinas donde vendían vino, pan blanco, carne salada y legumbres. Los prisioneros elaboraban objetos de artesanía –cucharas de madera, bastones de sabina tallados, cestas de mimbre, etc.– que vendían a los marineros españoles que llevaban el suministro. Estos se los compraban a un quinto de su valor pero era la única manera de conseguir dinero. Un herrero consiguió una bola de hierro de un barco y la utilizaba como yunque, le alquilaron un martillo y un fuelle y estableció una fragua. Los marineros del suministro también les llevaban piezas de zapatos sin coser para que los acabaran allí a tres o cuatro céntimos por par cosido. También conseguían sal del mar y de un lugar donde se formaban cristales. Los que no tenían trabajo pasaban el día durmiendo o paseando pero debían conformarse con la ración. Se les notaban todas las fibras del cuerpo. La gente sentía vergüenza de ir desnuda y los que no tenían nada se vestían con hojas o se escondían en la cueva de los rafalés, una caverna donde vivían desnudos, unos doscientos que no tenían nada más que problemas mentales y a quienes vigilaban para que no robaran. Tenían sólo dos vestidos para todos los de la caverna que utilizaban los que iban a por la comida que les correspondía.

 



 

 Continuará.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Gran acontecimiento interplanetario. Visite el siguiente enlace:
http://www.nowtilus.es/pags.php?d=fda2ded237b003e2a59f6590b9f392b0O1O1543

El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

El campo de concentración de la Isla de Cabrera. Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (5/8)
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 
En octubre les llovió por primera vez desde su llegada. Lo hacía con abundancia entre noviembre y marzo pero el resto del año las precipitaciones eran escasas o nulas. Fabricaban cestas con mimbres y los nuevos prisioneros llegaban con cuchillos, tijeras y vestidos nuevos. Como algunos tenían dinero escondido comenzaron a comerciar. En la zona cercana al puerto, en un valle, estaba el mercado donde se reunían y le llamaron Palais Royal. Se llegaba a prestar medio pan por uno entero cuando llegara el barco.

 

                                               El Palais Royal, embarcadero y castillo.
        
         

                                          Vista actual del embarcadero y del castillo.


        En noviembre incluso montaron un teatro y representaban obras de las que se acordaban, inventándose lo que faltaba. Todo fue bien hasta que se les ocurrió una sobre la vida en la isla. Los espectadores pensaban que se estaban riendo de ellos, se enfadaron, les tiraron piedras y destrozaron el rudimentario escenario pues necesitaban algo que les hiciera olvidar aquello, evadirse, no algo que les recordara su situación. También había un grupo de músicos que daba conciertos.


                                                            Cueva-teatro en la Brújula.

        Delroeux comenta que no respetaban los grados y había cabos que mandaban sobre un sargento débil, los fuertes les quitaban la ración a los débiles a pesar de que había un comité disciplinario formado por varios oficiales. La gente se hacía armas con palos a los que añadían la mitad de una tijera, cuchillos, navajas de afeitar o agujas. Él, simple cabo, terminó como jefe de su compañía y repartía las raciones. Ninguno de los relatores habla sobre la cantidad de vigilantes españoles, salvo los dos barcos que rodeaban la isla para evitar fugas. Se supone que el delegado español y el sacerdote contarían con algún pelotón de protección pero solo se hace referencia a soldados españoles cuando llegaba la barca de la comida por lo que quizás fueran con ella para evitar que la asaltaran.

       La nochebuena de 1809 una tormenta se llevó las tiendas de campaña donde tenían a los enfermos hasta el valle cercano donde quedaron sepultados. Al día siguiente encontraron 34 cadáveres. A finales de ese año, tras ocho meses de estancia, habían muerto cuatro oficiales y 700 entre suboficiales y soldados. No comunicaban los fallecimientos para seguir disfrutando de los víveres que les correspondían a los cadáveres.

 

                                            Tormente de la Nochebuena de 1809.

A principios de febrero de 1810 unos oficiales fabricaron una barca para 30 personas pero alguien les delató, les descubrieron y la destruyeron. A mediados del mismo mes 20 marinos se apropiaron de la barca de suministros y se marcharon con ella. No regresó otra hasta el día 25 de ese mes. Sebastien afirma que murieron entre 800 y 900 en esos días pero el libro del abad dice que fueron entre 400 y 500 y que ya sólo quedaban unos 4.000 pues habían muerto las tres cuartas partes –porcentaje que supondría haber llevado a 16.000 al principio–.  

                                                       Asalto a una barca de pescadores.
 
Durante el tiempo que no tuvieron suministros hacían sopa con cardos y trebol. Uno hizo un guiso con una piel de cordero a la que había quitado la lana. Algunos comían un tubérculo silvestre que llamaban patata de Cabrera pero les provocaba dolores de estómago y acabo matándoles. Incluso hicieron procesiones para pedir que llegara pronto. Encontraron una foca muerta y descompuesta. A pesar de ello algunos se la comieron y murieron envenenados. Acabaron matando al burro Martín y se repartió en  4.500 trozos de unos 30 gramos –una onza– aunque otras fuentes dicen que 15 o 20 gramos. Después de comerse el asno la barca todavía tardó dos días. Un polaco –lituano según el cabo– se comió el hígado y el corazón de su compañero de caseta al que había asesinado. Le sorprendieron cuando los cocía. Le llevaron a Palma, donde le juzgaron y fusilaron. Dicen que otros también comían cadáveres. Soñaban con habas que se multiplicaban y crecían. Del mar sacaban chirlas, mejillones y pulpos –al que denominaban pez de siete colas–. Les parecían muy extraños pero cuando los probaron les encantaron.

                                                Continuará

 

 

 

 

domingo, 21 de abril de 2013

El campo de concentración de la isla de Cabrera


El campo de concentración de la Isla de Cabrera (4/8).

           Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia.

             Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 

Los enviados a Cabrera llegaron a su destino el cinco de mayo de 1809. Les desembarcaron de noche y se quedaron a dormir en la playa. La isla, de unos 15 kilómetros cuadrados, con siete en su parte más larga y cinco en la más ancha, es muy montañosa, con terreno casi todo de granito. La cubierta vegetal tenía poca profundidad pero servía para cultivar. En la parte norte había una gran rada que servía de puerto. En una colina cercana había un castillo de los que se usaban para defenderse de los piratas berberiscos con capacidad de unas 30 personas. El abad dice que llegaron entre 7.000 y 8.000. Dos cañoneras vigilaban la isla dando vueltas a ella. Cada una tenía unos 20 marineros de dotación.

  

El castillo de Cabrera visto desde una gruta.
 
 
Entrada a la bahía y castillo.
Al día siguiente recorrieron la isla. Encontraron un pequeño campo de trigo, un asno y varias cabras pertenecientes a unos pastores que habían sido obligados a dejar la isla ante la llegada de los prisioneros. Descubrieron un manantial que daba muy poca agua y había que esperar mucho para llenar una taza. Había otro de agua salobre que sólo utilizaban para cocinar.

            El valle de la fuente.
 
Cada regimiento se estableció en una colina. Con ramas de árboles, piedras y hojas construyeron cabañas de circunstancias de unos tres metros de largo por dos o tres de ancho y uno de alto donde se metían unos cinco o seis hombres. Las piedras las rompían con otras más duras. Los hierros que rodeaban los barriles de madera los partían en trozos, los afilaban y los convertían en cuchillos rudimentarios.
 
                                                       Mapa de Cabrera.

                                            Vista aerea de Cabrera y Conejera. 

          Según el abad, la ración para cuatro días era de cuatro libras de pan malo, cuatro onzas y media –una libra tiene 16 onzas– de habas pequeñas y tres cuartos de onza de aceite. Según el cabo eran ocho onzas de habas y una de aceite al día. Ambos coinciden en la cantidad de pan. Al  principio les daban la mitad y a los dos días la otra parte pero las ratas se comían los víveres guardados y había robos, por lo que se decidió repartir todo cuando llegaba el barco de suministros cada cuatro días. Se distribuía por regimientos. Estos lo dividían entre sus batallones, compañías y pelotones. Muchos prisoneros se comían todo el primer día y aguantaban como podían los otros tres. Cazaban ratas y lagartijas y recogían hierbas silvestres. Cada compañía tenía una marmita para cocer las habas pero se hicieron con potes de cerámica mallorquina y cada grupo cocinaba su propia comida. La ración diaria de los oficiales era libra y media de pan, media libra de carne, una onza de arroz, media onza de aceite, una botella de vino, azúcar, café y tres naranjas. Les llevaban agua en un barco, unos 40 toneles por viaje, pero unos marinos franceses se apropiaron de la barca, tiraron a los marineros españoles y se fugaron, por lo que no volvieron a llevarles bebida y para la distribución de comida no les dejaban acercarse mientras la descargaban.

 

El almacén de los víveres.



           A primeros de junio llegaron 400 oficiales franceses que estaban prisioneros en Mallorca pero allí la gente les había atacado matando a nueve por lo que les llevaron con la tropa. El comisario español, Hidalgo, se quedaba con comida y la vendía. Le echaron y, en su lugar, el 18 de julio llevaron un capellán español de 45 años, Damián Esterich. Vivía en el castillo. Decía misa diaria y la gente asistía cuando no llovía pues la celebraba al aire libre. Sabastien habla mal de él porque se reía de ellos y les quitaba la esperanza. Les decía que les liberarían cuando floreciera su bastón. Los prisioneros se enfadaron y dejaron de asistir a la eucaristía. El 26 de agosto les propusieron ingresar en el ejército español. 74 alemanes e italianos aceptaron. Después se les unieron 1.500 franceses según unas fuentes, y 600 según otras.

 

                                                    Inscripción en una roca de Cabrera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 15 de abril de 2013


El campo de concentración de la Isla de Cabrera (3/8).

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia.
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 
La huida del resto de tropas francesas y de José I les hizo ser muy optimistas pero enseguida Napoleón formó un nuevo ejército y volvió a ocupar España.

 

 
 La Junta de Sevilla que detentaba el poder alternativo a José I decidió no cumplir el acuerdo con los prisioneros de Bailén (otros dicen que fue una orden de los británicos). El hecho es que les recluyeron en la bahía de Cádiz –donde llegaron el uno de enero de 1809– en unos pontones formados por barcos franceses apresados a los que se habían quitado las velas y estaban vigilados. En ellos se recluyó a unos dos mil prisioneros por nave. Los militares españoles les quitaron todo lo que llevaban pero algunos consiguieron ocultar las monedas y así dispusieron de efectivo. Sebastien cuenta ocho pontones y el cabo diez. Payrat, por su parte, afirma que llevaron a Cadiz a unos 25.000, cantidad exagerada, y para la que harían falta unas 12 naves por lo menos. En cualquier caso tendríamos un mínimo de 16.000 prisioneros en los pontones que es la cantidad mínima que encontramos entre las diferentes fuentes.

 

 

Para dormir se colocaban literalmente como sardinas en lata, cabezas al lado de pies, y de lado para ocupar menos espacio. Según Sebastien la ración para dos días era de cuatro onzas de habas más libra y media de pan pero a veces faltaba el agua o la madera para hervirlas. El cabo comenta que a veces pasaban al lado de los pontones y les enseñaban el pan pero no se lo daban. Él tenía un trozo de plomo en la boca para salivar. Añade que de los 2.200 que pusieron en el barco Souverain perdieron la vida 700 durante el mes de febrero.

A las seis semanas de estancia se desató una epidemia de disentería y cada día fallecían entre 15 y 40 por barco, unos 300 o 400 en total. La costa se llenó de cadáveres y les prohibieron tirarlos al mar por lo que los colgaban de una cuerda en la borda y se los llevaban en una barca. El abad afirma que tras cuatro meses en los pontones el número de prisioneros se redujo a la mitad.

 

 

El siete de marzo de 1809 padecieron una tempestad que duró cinco días. Unos dicen que no recibieron alimentos ni agua durante una semana y perdieron la vida 150 hombres. Otros que tardaron 20 jornadas en llevarles alimentos. Como se puede comprobar, y certifica la psicología, las fuentes orales no son muy fiables para los detalles. Entre el dos de enero y el 28 de marzo de 1809  murieron 675 de los 1.800 que metieron en el Vainqueur. Ese mismo mes enviaron 800 prisioneros –4.000 según otras fuentes– a Canarias donde fueron muy bien tratados y muchos incluso se afincaron en estas islas.

El 28 de marzo los que quedaban fueron embarcados con rumbo a la isla de Cabrera, situada a unos 10 kilómetros al sureste de Mallorca. Del barco de Sebastien quedaban mil de los dos mil iniciales tras tres meses en los pontones. Utilizaron 27 barcos para transportarles. Todavía pensaban que iban a Francia en un intercambio por prisioneros españoles. El viaje fue muy accidentado con retrasos en la partida, escala en Gibraltar y refugio temporal en Alicante debido a una tormenta.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 7 de abril de 2013

El campo de concentración de la Isla de Cabrera (II/VIII).


El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (II /VIII).
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 

Los relatos de los supervivientes son muy interesantes: Sebastien, el de Froger, no entendía que les enviaran a España siendo aliados. Curiosamente, para un simple soldado francés, comenta que todo el mundo sabía que la mujer de Carlos IV era la amante de Godoy. La ocupación francesa de España con la excusa de ocupar Portugal se truncó con el levantamiento del dos de mayo. A partir de ese momento se desencadenó la guerra. En la ocupación de Andalucía el general francés Dupont saqueó Córdoba haciéndose con un valioso botín. La cantidad de riquezas acumuladas por éste hizo que buena parte de las tropas francesas estuvieran ocupadas en su transporte y protección. Por otra parte, los otros generales también querían una parte y discutieron.

El ejército español le hizo frente en Bailén. Parece ser que el general francés dio más importancia a su botín que a una victoria y un cuerpo de ejército de unos 25.000 hombres se rindió casi sin combatir a las tropas españolas tras firmar un acuerdo mediante el cual todos los franceses podrían regresar a su país y los jefes, y en especial Dupont, conservar parte de sus riquezas.

 
                                 La batalla de Bailén según una ilustración de la época.

 La batalla de Bailén comenzó el 19 de julio de 1808, un día antes de que José I entrara en Madrid. El 22 se firmó la capitulación francesa por parte de Dupont ante Castaños. Las tres fuentes de soldados franceses hablan muy mal de los españoles a los que califican de insolentes y despiadados, algo lógico tratándose de enemigos. Unos días después, el primero de agosto, José I se retira a Vitoria y posteriormente cruza la frontera gala.

 
               La rendición de Bailén. José Casado del Alisal. Museo del Prado.
    
Los oficiales franceses conservaban sus espadas y sus sueldos. Según Sebastien los generales tenían incluso derecho a un carro que no podría ser registrado. Dice que los españoles tenían derecho a defenderse pero que se deshonrraron por su feroz venganza. A los soldados prisioneros les daban un trozo de pan y 10 céntimos –sous– cada día. Les llevaron escoltados hacia Cádiz para embarcarles con destino a Francia como estaba previsto en la rendición. Por el camino la gente de los pueblos les insultaba y en algunas ocasiones les atacaron debiendo ser defendidos por los militares españoles que les custodiaban. La gente, sobre todo mujeres y niños, les escupían y tiraban piedras. En un caso el alcalde dijo a los vecinos que quien quisiera matar franceses se metiera en el ejército. En ocasiones era el cura del lugar el que incitaba a atacar a los impíos. En otras era quien les defendía. Una vez se libraron de ser atacados cuando los lugareños descubrieron que los galos también llevaban cruces en sus pechos y, por tanto, eran cristianos como ellos y no unos herejes como les habían hecho creer.
 
El cabo Delroeux no se explicaba cómo habían sido vencidos por la última potencia de Europa. Dice que al principio les dejaron los sables y las cartucheras pero despues se los quitaron. A los generales y jefes les enviaron a Francia enseguida. Napoleón se enfadó mucho cuando se enteró de la capitulación de Dupont y se negó a intercambiar a los soldados porque lo consideraba una debilidad. Sebastien era un gran admirador de Napoleón y justifica que no lo hiciera. El cabo se quejaba de que  el corso les hubiera abandonado haciéndoles pagar a ellos las culpas de sus jefes.

 

 

 

sábado, 6 de abril de 2013


El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (I). 
Fernando Ballano Gonzalo.
 
Desde 2008 se han venido sucediendo celebraciones de los aniversarios del levantamiento contra los franceses, del comienzo de las Cortes de Cádiz, de la aprobación de su Constitución, etc. pero no se ha dicho nada de un asunto muy importante de aquella guerra como fue lo sucedido a los prisioneros franceses que cayeron en manos de las tropas hispano-británicas.

No se trata de abrir heridas pero siempre es bueno introducirse en las sombras y sacar a la luz aspectos desagradables y, sobre todo, asumirlos. Máxime en hechos sobre los cuales lo que se ha trasmitido ha sido muy tendencioso. Salvo un artículo que apareció en  1981 en la revista Tiempo de Historia sobre el particular, y que precisamente carga las tintas dando una visión negativa sobre la actuación de España, no se ha publicado nada más. Ultimamente, algún blogero aficionado a la historia ha hablado sobre el caso pero se han limitado a resumir una obra publicada en español, titulada Los franceses de Cabrera, traducción de  Les grognards de Cabréra (1809-1814), escrita en 1979, sin preocuparse de buscar las fuentes primarias. En otros casos se ha caído en la exageración y el sensacionalismo como si la simple realidad no fuera suficientemente atroz.

 

Edición de 1980 de Los franceses de Cabrera.

Por ello es necesario analizar el hecho sin apasionamientos y pasar revista a las fuentes primarias sin caer en los épicos relatos de la guerra desde el lado español y tampoco en el defecto contrario de hablar mal de todo lo nacional; realizar un un ejercicio de objetividad y simplemente revisar el hecho con frialdad y limitarse a presentarlo a los lectores interesados. Para ello ofreceré la visión que transmitieron los franceses que vivieron el hecho en primera persona o que, aunque no lo sufrieron, lo escucharon de los supervivientes. Por otra parte, no podemos pretender valorar los hechos con la legislación y valores actuales.
 

Entrada a la rada-puerto de Cabrera y el castillo.

 Hay varios libros dedicados a relatar esta historia. Son memorias de gente que las vivió o que las escuchó de supervivientes. En el caso de Cinq ans de captivité a Cabrera las transcribe un hijo, abad de la ciudad de Amiens; en el de Les Cabreriens, episode de la guerre d'Espagne el autor es Gabriel Froger, un vecino de Sebastien, antiguo soldado que le cuenta sus aventuras. También hay unas memorias del cabo Delroueux-Legrand escritas por sí mismo en un manuscrito no publicado que se conserva en los archivos de la ciudad de Tourcoing. Éste no daba la talla y tuvo que ponerse un mazo de naipes en los zapatos para que le admitieran como voluntario a los 17 años. Era hijo de maestro, sabía escribir y enseguida le hicieron cabo. En muchos aspectos los relatos de las tres fuentes son coincidentes salvo en las cifras que suelen diferir.
 
También encontramos obras de ensayo, como la de Armand de Payrat, dedicada a los prisioneros de guerra durante la Guerre Continental –como se denominó a las campañas napoleónicas en Europa– lo que nos permite una comparación con el trato recibido por otros soldados en ese mismo conflicto e incluso un breve estudio histórico del trato a los prisioneros de guerra.

El libro L’Espagne et Napoleón, de Grandmaison, nos ofrece datos sobre el trato a los prisioneros españoles en Francia.