El campo de concentración de la Isla de Cabrera.
Lo
que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (II /VIII).
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.
Los relatos de los
supervivientes son muy interesantes: Sebastien, el de Froger, no entendía que
les enviaran a España siendo aliados. Curiosamente, para un simple soldado
francés, comenta que todo el mundo sabía que la mujer de Carlos IV era la
amante de Godoy. La ocupación francesa de España con la excusa de ocupar
Portugal se truncó con el levantamiento del dos de mayo. A partir de ese
momento se desencadenó la guerra. En la ocupación de Andalucía el general francés
Dupont saqueó Córdoba haciéndose con un valioso botín. La cantidad de riquezas
acumuladas por éste hizo que buena parte de las tropas francesas estuvieran
ocupadas en su transporte y protección. Por otra parte, los otros generales
también querían una parte y discutieron.
El ejército español le hizo
frente en Bailén. Parece ser que el general francés dio más importancia a su
botín que a una victoria y un cuerpo de ejército de unos 25.000 hombres se
rindió casi sin combatir a las tropas españolas tras firmar un acuerdo mediante
el cual todos los franceses podrían regresar a su país y los jefes, y en
especial Dupont, conservar parte de sus riquezas.
Los oficiales franceses conservaban
sus espadas y sus sueldos. Según Sebastien los generales tenían incluso derecho
a un carro que no podría ser registrado. Dice que los españoles tenían derecho
a defenderse pero que se deshonrraron por su feroz venganza. A los soldados
prisioneros les daban un trozo de pan y 10 céntimos –sous– cada día. Les llevaron
escoltados hacia Cádiz para embarcarles con destino a Francia como estaba
previsto en la rendición. Por el camino la gente de los pueblos les insultaba y
en algunas ocasiones les atacaron debiendo ser defendidos por los militares
españoles que les custodiaban. La gente, sobre todo mujeres y niños, les
escupían y tiraban piedras. En un caso el alcalde dijo a los vecinos que quien
quisiera matar franceses se metiera en el ejército. En ocasiones era el cura
del lugar el que incitaba a atacar a los impíos.
En otras era quien les defendía. Una vez se libraron de ser atacados cuando los
lugareños descubrieron que los galos también llevaban cruces en sus pechos y,
por tanto, eran cristianos como ellos y no unos herejes como les habían hecho
creer.
El cabo Delroeux no se explicaba
cómo habían sido vencidos por la última potencia de Europa. Dice que al
principio les dejaron los sables y las cartucheras pero despues se los quitaron.
A los generales y jefes les enviaron a Francia enseguida. Napoleón se enfadó
mucho cuando se enteró de la capitulación de Dupont y se negó a intercambiar a los
soldados porque lo consideraba una debilidad. Sebastien era un gran admirador
de Napoleón y justifica que no lo hiciera. El cabo se quejaba de que el corso les hubiera abandonado haciéndoles
pagar a ellos las culpas de sus jefes.


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