domingo, 21 de abril de 2013

El campo de concentración de la isla de Cabrera


El campo de concentración de la Isla de Cabrera (4/8).

           Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia.

             Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 

Los enviados a Cabrera llegaron a su destino el cinco de mayo de 1809. Les desembarcaron de noche y se quedaron a dormir en la playa. La isla, de unos 15 kilómetros cuadrados, con siete en su parte más larga y cinco en la más ancha, es muy montañosa, con terreno casi todo de granito. La cubierta vegetal tenía poca profundidad pero servía para cultivar. En la parte norte había una gran rada que servía de puerto. En una colina cercana había un castillo de los que se usaban para defenderse de los piratas berberiscos con capacidad de unas 30 personas. El abad dice que llegaron entre 7.000 y 8.000. Dos cañoneras vigilaban la isla dando vueltas a ella. Cada una tenía unos 20 marineros de dotación.

  

El castillo de Cabrera visto desde una gruta.
 
 
Entrada a la bahía y castillo.
Al día siguiente recorrieron la isla. Encontraron un pequeño campo de trigo, un asno y varias cabras pertenecientes a unos pastores que habían sido obligados a dejar la isla ante la llegada de los prisioneros. Descubrieron un manantial que daba muy poca agua y había que esperar mucho para llenar una taza. Había otro de agua salobre que sólo utilizaban para cocinar.

            El valle de la fuente.
 
Cada regimiento se estableció en una colina. Con ramas de árboles, piedras y hojas construyeron cabañas de circunstancias de unos tres metros de largo por dos o tres de ancho y uno de alto donde se metían unos cinco o seis hombres. Las piedras las rompían con otras más duras. Los hierros que rodeaban los barriles de madera los partían en trozos, los afilaban y los convertían en cuchillos rudimentarios.
 
                                                       Mapa de Cabrera.

                                            Vista aerea de Cabrera y Conejera. 

          Según el abad, la ración para cuatro días era de cuatro libras de pan malo, cuatro onzas y media –una libra tiene 16 onzas– de habas pequeñas y tres cuartos de onza de aceite. Según el cabo eran ocho onzas de habas y una de aceite al día. Ambos coinciden en la cantidad de pan. Al  principio les daban la mitad y a los dos días la otra parte pero las ratas se comían los víveres guardados y había robos, por lo que se decidió repartir todo cuando llegaba el barco de suministros cada cuatro días. Se distribuía por regimientos. Estos lo dividían entre sus batallones, compañías y pelotones. Muchos prisoneros se comían todo el primer día y aguantaban como podían los otros tres. Cazaban ratas y lagartijas y recogían hierbas silvestres. Cada compañía tenía una marmita para cocer las habas pero se hicieron con potes de cerámica mallorquina y cada grupo cocinaba su propia comida. La ración diaria de los oficiales era libra y media de pan, media libra de carne, una onza de arroz, media onza de aceite, una botella de vino, azúcar, café y tres naranjas. Les llevaban agua en un barco, unos 40 toneles por viaje, pero unos marinos franceses se apropiaron de la barca, tiraron a los marineros españoles y se fugaron, por lo que no volvieron a llevarles bebida y para la distribución de comida no les dejaban acercarse mientras la descargaban.

 

El almacén de los víveres.



           A primeros de junio llegaron 400 oficiales franceses que estaban prisioneros en Mallorca pero allí la gente les había atacado matando a nueve por lo que les llevaron con la tropa. El comisario español, Hidalgo, se quedaba con comida y la vendía. Le echaron y, en su lugar, el 18 de julio llevaron un capellán español de 45 años, Damián Esterich. Vivía en el castillo. Decía misa diaria y la gente asistía cuando no llovía pues la celebraba al aire libre. Sabastien habla mal de él porque se reía de ellos y les quitaba la esperanza. Les decía que les liberarían cuando floreciera su bastón. Los prisioneros se enfadaron y dejaron de asistir a la eucaristía. El 26 de agosto les propusieron ingresar en el ejército español. 74 alemanes e italianos aceptaron. Después se les unieron 1.500 franceses según unas fuentes, y 600 según otras.

 

                                                    Inscripción en una roca de Cabrera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 15 de abril de 2013


El campo de concentración de la Isla de Cabrera (3/8).

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia.
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 
La huida del resto de tropas francesas y de José I les hizo ser muy optimistas pero enseguida Napoleón formó un nuevo ejército y volvió a ocupar España.

 

 
 La Junta de Sevilla que detentaba el poder alternativo a José I decidió no cumplir el acuerdo con los prisioneros de Bailén (otros dicen que fue una orden de los británicos). El hecho es que les recluyeron en la bahía de Cádiz –donde llegaron el uno de enero de 1809– en unos pontones formados por barcos franceses apresados a los que se habían quitado las velas y estaban vigilados. En ellos se recluyó a unos dos mil prisioneros por nave. Los militares españoles les quitaron todo lo que llevaban pero algunos consiguieron ocultar las monedas y así dispusieron de efectivo. Sebastien cuenta ocho pontones y el cabo diez. Payrat, por su parte, afirma que llevaron a Cadiz a unos 25.000, cantidad exagerada, y para la que harían falta unas 12 naves por lo menos. En cualquier caso tendríamos un mínimo de 16.000 prisioneros en los pontones que es la cantidad mínima que encontramos entre las diferentes fuentes.

 

 

Para dormir se colocaban literalmente como sardinas en lata, cabezas al lado de pies, y de lado para ocupar menos espacio. Según Sebastien la ración para dos días era de cuatro onzas de habas más libra y media de pan pero a veces faltaba el agua o la madera para hervirlas. El cabo comenta que a veces pasaban al lado de los pontones y les enseñaban el pan pero no se lo daban. Él tenía un trozo de plomo en la boca para salivar. Añade que de los 2.200 que pusieron en el barco Souverain perdieron la vida 700 durante el mes de febrero.

A las seis semanas de estancia se desató una epidemia de disentería y cada día fallecían entre 15 y 40 por barco, unos 300 o 400 en total. La costa se llenó de cadáveres y les prohibieron tirarlos al mar por lo que los colgaban de una cuerda en la borda y se los llevaban en una barca. El abad afirma que tras cuatro meses en los pontones el número de prisioneros se redujo a la mitad.

 

 

El siete de marzo de 1809 padecieron una tempestad que duró cinco días. Unos dicen que no recibieron alimentos ni agua durante una semana y perdieron la vida 150 hombres. Otros que tardaron 20 jornadas en llevarles alimentos. Como se puede comprobar, y certifica la psicología, las fuentes orales no son muy fiables para los detalles. Entre el dos de enero y el 28 de marzo de 1809  murieron 675 de los 1.800 que metieron en el Vainqueur. Ese mismo mes enviaron 800 prisioneros –4.000 según otras fuentes– a Canarias donde fueron muy bien tratados y muchos incluso se afincaron en estas islas.

El 28 de marzo los que quedaban fueron embarcados con rumbo a la isla de Cabrera, situada a unos 10 kilómetros al sureste de Mallorca. Del barco de Sebastien quedaban mil de los dos mil iniciales tras tres meses en los pontones. Utilizaron 27 barcos para transportarles. Todavía pensaban que iban a Francia en un intercambio por prisioneros españoles. El viaje fue muy accidentado con retrasos en la partida, escala en Gibraltar y refugio temporal en Alicante debido a una tormenta.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 7 de abril de 2013

El campo de concentración de la Isla de Cabrera (II/VIII).


El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (II /VIII).
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.

 

Los relatos de los supervivientes son muy interesantes: Sebastien, el de Froger, no entendía que les enviaran a España siendo aliados. Curiosamente, para un simple soldado francés, comenta que todo el mundo sabía que la mujer de Carlos IV era la amante de Godoy. La ocupación francesa de España con la excusa de ocupar Portugal se truncó con el levantamiento del dos de mayo. A partir de ese momento se desencadenó la guerra. En la ocupación de Andalucía el general francés Dupont saqueó Córdoba haciéndose con un valioso botín. La cantidad de riquezas acumuladas por éste hizo que buena parte de las tropas francesas estuvieran ocupadas en su transporte y protección. Por otra parte, los otros generales también querían una parte y discutieron.

El ejército español le hizo frente en Bailén. Parece ser que el general francés dio más importancia a su botín que a una victoria y un cuerpo de ejército de unos 25.000 hombres se rindió casi sin combatir a las tropas españolas tras firmar un acuerdo mediante el cual todos los franceses podrían regresar a su país y los jefes, y en especial Dupont, conservar parte de sus riquezas.

 
                                 La batalla de Bailén según una ilustración de la época.

 La batalla de Bailén comenzó el 19 de julio de 1808, un día antes de que José I entrara en Madrid. El 22 se firmó la capitulación francesa por parte de Dupont ante Castaños. Las tres fuentes de soldados franceses hablan muy mal de los españoles a los que califican de insolentes y despiadados, algo lógico tratándose de enemigos. Unos días después, el primero de agosto, José I se retira a Vitoria y posteriormente cruza la frontera gala.

 
               La rendición de Bailén. José Casado del Alisal. Museo del Prado.
    
Los oficiales franceses conservaban sus espadas y sus sueldos. Según Sebastien los generales tenían incluso derecho a un carro que no podría ser registrado. Dice que los españoles tenían derecho a defenderse pero que se deshonrraron por su feroz venganza. A los soldados prisioneros les daban un trozo de pan y 10 céntimos –sous– cada día. Les llevaron escoltados hacia Cádiz para embarcarles con destino a Francia como estaba previsto en la rendición. Por el camino la gente de los pueblos les insultaba y en algunas ocasiones les atacaron debiendo ser defendidos por los militares españoles que les custodiaban. La gente, sobre todo mujeres y niños, les escupían y tiraban piedras. En un caso el alcalde dijo a los vecinos que quien quisiera matar franceses se metiera en el ejército. En ocasiones era el cura del lugar el que incitaba a atacar a los impíos. En otras era quien les defendía. Una vez se libraron de ser atacados cuando los lugareños descubrieron que los galos también llevaban cruces en sus pechos y, por tanto, eran cristianos como ellos y no unos herejes como les habían hecho creer.
 
El cabo Delroeux no se explicaba cómo habían sido vencidos por la última potencia de Europa. Dice que al principio les dejaron los sables y las cartucheras pero despues se los quitaron. A los generales y jefes les enviaron a Francia enseguida. Napoleón se enfadó mucho cuando se enteró de la capitulación de Dupont y se negó a intercambiar a los soldados porque lo consideraba una debilidad. Sebastien era un gran admirador de Napoleón y justifica que no lo hiciera. El cabo se quejaba de que  el corso les hubiera abandonado haciéndoles pagar a ellos las culpas de sus jefes.

 

 

 

sábado, 6 de abril de 2013


El campo de concentración de la Isla de Cabrera.

Lo que no nos han contado de la Guerra de la Independencia (I). 
Fernando Ballano Gonzalo.
 
Desde 2008 se han venido sucediendo celebraciones de los aniversarios del levantamiento contra los franceses, del comienzo de las Cortes de Cádiz, de la aprobación de su Constitución, etc. pero no se ha dicho nada de un asunto muy importante de aquella guerra como fue lo sucedido a los prisioneros franceses que cayeron en manos de las tropas hispano-británicas.

No se trata de abrir heridas pero siempre es bueno introducirse en las sombras y sacar a la luz aspectos desagradables y, sobre todo, asumirlos. Máxime en hechos sobre los cuales lo que se ha trasmitido ha sido muy tendencioso. Salvo un artículo que apareció en  1981 en la revista Tiempo de Historia sobre el particular, y que precisamente carga las tintas dando una visión negativa sobre la actuación de España, no se ha publicado nada más. Ultimamente, algún blogero aficionado a la historia ha hablado sobre el caso pero se han limitado a resumir una obra publicada en español, titulada Los franceses de Cabrera, traducción de  Les grognards de Cabréra (1809-1814), escrita en 1979, sin preocuparse de buscar las fuentes primarias. En otros casos se ha caído en la exageración y el sensacionalismo como si la simple realidad no fuera suficientemente atroz.

 

Edición de 1980 de Los franceses de Cabrera.

Por ello es necesario analizar el hecho sin apasionamientos y pasar revista a las fuentes primarias sin caer en los épicos relatos de la guerra desde el lado español y tampoco en el defecto contrario de hablar mal de todo lo nacional; realizar un un ejercicio de objetividad y simplemente revisar el hecho con frialdad y limitarse a presentarlo a los lectores interesados. Para ello ofreceré la visión que transmitieron los franceses que vivieron el hecho en primera persona o que, aunque no lo sufrieron, lo escucharon de los supervivientes. Por otra parte, no podemos pretender valorar los hechos con la legislación y valores actuales.
 

Entrada a la rada-puerto de Cabrera y el castillo.

 Hay varios libros dedicados a relatar esta historia. Son memorias de gente que las vivió o que las escuchó de supervivientes. En el caso de Cinq ans de captivité a Cabrera las transcribe un hijo, abad de la ciudad de Amiens; en el de Les Cabreriens, episode de la guerre d'Espagne el autor es Gabriel Froger, un vecino de Sebastien, antiguo soldado que le cuenta sus aventuras. También hay unas memorias del cabo Delroueux-Legrand escritas por sí mismo en un manuscrito no publicado que se conserva en los archivos de la ciudad de Tourcoing. Éste no daba la talla y tuvo que ponerse un mazo de naipes en los zapatos para que le admitieran como voluntario a los 17 años. Era hijo de maestro, sabía escribir y enseguida le hicieron cabo. En muchos aspectos los relatos de las tres fuentes son coincidentes salvo en las cifras que suelen diferir.
 
También encontramos obras de ensayo, como la de Armand de Payrat, dedicada a los prisioneros de guerra durante la Guerre Continental –como se denominó a las campañas napoleónicas en Europa– lo que nos permite una comparación con el trato recibido por otros soldados en ese mismo conflicto e incluso un breve estudio histórico del trato a los prisioneros de guerra.

El libro L’Espagne et Napoleón, de Grandmaison, nos ofrece datos sobre el trato a los prisioneros españoles en Francia.