El campo de concentración de la Isla de Cabrera (4/8).
Lo
que no nos han contado de la Guerra de la Independencia.
Autor: Fernando Ballano Gonzalo.
Los enviados a Cabrera llegaron
a su destino el cinco de mayo de 1809. Les desembarcaron de noche y se quedaron
a dormir en la playa. La isla, de unos 15 kilómetros
cuadrados, con siete en su parte más larga y cinco en la más ancha, es muy
montañosa, con terreno casi todo de granito. La cubierta vegetal tenía poca
profundidad pero servía para cultivar. En la parte norte había una gran rada
que servía de puerto. En una colina cercana había un castillo de los que se
usaban para defenderse de los piratas berberiscos con capacidad de unas 30
personas. El abad dice que llegaron entre 7.000 y 8.000. Dos cañoneras
vigilaban la isla dando vueltas a ella. Cada una tenía unos 20 marineros de
dotación.
El castillo de Cabrera visto desde una gruta.
Entrada a la bahía y castillo.
Al día siguiente recorrieron la
isla. Encontraron un pequeño campo de trigo, un asno y varias cabras
pertenecientes a unos pastores que habían sido obligados a dejar la isla ante
la llegada de los prisioneros. Descubrieron un manantial que daba muy poca agua
y había que esperar mucho para llenar una taza. Había otro de agua salobre que
sólo utilizaban para cocinar.
El
valle de la fuente.
Cada regimiento se estableció en
una colina. Con ramas de árboles, piedras y hojas construyeron cabañas de
circunstancias de unos tres metros de largo por dos o tres de ancho y uno de
alto donde se metían unos cinco o seis hombres. Las piedras las rompían con
otras más duras. Los hierros que rodeaban los barriles de madera los partían en
trozos, los afilaban y los convertían en cuchillos rudimentarios.
Según el abad, la ración para cuatro
días era de cuatro libras de pan malo, cuatro onzas y media –una libra tiene 16
onzas– de habas pequeñas y tres cuartos de onza de aceite. Según el cabo eran
ocho onzas de habas y una de aceite al día. Ambos coinciden en la cantidad de
pan. Al principio les daban la mitad y a
los dos días la otra parte pero las ratas se comían los víveres guardados y
había robos, por lo que se decidió repartir todo cuando llegaba el barco de
suministros cada cuatro días. Se distribuía por regimientos. Estos lo dividían
entre sus batallones, compañías y pelotones. Muchos prisoneros se comían todo
el primer día y aguantaban como podían los otros tres. Cazaban ratas y lagartijas
y recogían hierbas silvestres. Cada compañía tenía una marmita para cocer las habas
pero se hicieron con potes de cerámica mallorquina y cada grupo cocinaba su
propia comida. La ración diaria de los oficiales era libra y media de pan,
media libra de carne, una onza de arroz, media onza de aceite, una botella de
vino, azúcar, café y tres naranjas. Les llevaban agua en un barco, unos 40
toneles por viaje, pero unos marinos franceses se apropiaron de la barca,
tiraron a los marineros españoles y se fugaron, por lo que no volvieron a llevarles
bebida y para la distribución de comida no les dejaban acercarse mientras la
descargaban.
El almacén de los víveres.
A primeros de junio llegaron 400
oficiales franceses que estaban prisioneros en Mallorca pero allí la gente les
había atacado matando a nueve por lo que les llevaron con la tropa. El
comisario español, Hidalgo, se quedaba con comida y la vendía. Le echaron y, en
su lugar, el 18 de julio llevaron un capellán español de 45 años, Damián
Esterich. Vivía en el castillo. Decía misa diaria y la gente asistía cuando no
llovía pues la celebraba al aire libre. Sabastien habla mal de él porque se
reía de ellos y les quitaba la esperanza. Les decía que les liberarían cuando
floreciera su bastón. Los prisioneros se enfadaron y dejaron de asistir a la
eucaristía. El 26 de agosto les propusieron ingresar en el ejército español. 74
alemanes e italianos aceptaron. Después se les unieron 1.500 franceses según
unas fuentes, y 600 según otras.













